jueves, 10 de mayo de 2012

DIÓGENES DE RECUERDOS


El mural de mi habitación me observa. Cada paso que doy. Cada movimiento que hago. Cada aliento que exhalo. Tanto esas flores pintadas de un azul oscuro manchado de negro como todos los cientos de objetos que mantengo dentro de mis cuatro paredes. Mis cuatro paredes preferidas entre las que guardo retales de recuerdos por aquí y por allá. Todo aquel que entra en mi hábitat se queda petrificado al ver el caos que reina  del que mi mente y mis pensamientos forman parte tanto como toda esa basura.

Como aquel atrapa sueños azul cielo con plumas de gallina que aun conserva la etiqueta, el cual compré hace muchísimo tiempo en una isla llamada Formentera cuando andaba de vacaciones con mis tíos. Como aquellos ositos, uno blanco y otro rosa, regalos de unas inolvidables amigas por aquel día de San Valentín anterior a mi cumpleaños. Como aquel marco vastísimo con aquella foto más antigua que el sol donde se me ve con un animal que me dejaría marcada para toda mi vida (literalmente).  

Aquel clip deshecho y rehecho en forma de corazón bajo el que descansa un pequeño papel de libreta, que reza unas palabras de aliento de un sabio amigo que nunca podría olvidar: “Cuando estés triste o cabreada o lo que sea ponte un boli en la boca y piensa en algo bonito”. (Guli, que sepas que lo hago todas las noches antes de acostarme =D)

O aquella tira de corazones de colores que siempre me recordaban a una persona especial pero que cada día siento más alejada de mi vida sin saber que hacer para remediarlo. Como aquella ristra de billetes que cuelgan del techo, símbolos de unos buenos ratos llenos de esfuerzo y cariño de unas niñas fantásticas, con todos los recuerdos de mi primera actuación oficial como guitarrista de la Comparsa de las Niñas.  De mis guitarras no puedo ni quiero hablar, porque con ellas tengo historias como para escribir un libro. Sasha y Nana, os debo gran parte de lo que soy y en gran parte de momentos especiales estuvisteis presentes y tomasteis parte. 

Como aquel dado negro que, ahora junto a un avión de papel amarillo con unas letras con más sentido y valor del que aparentan, cuelga de la pared sobre el cabecero de la cama, y que cada vez que lo miro no puedo evitar sonreír pues, a pesar de lo nerviosa que estaba, usaba mi “gran dote interpretativa” para que mis compañeros actores (y no actores) no lo notaran y estuvieran un poquitín más tranquilos con el fin de inspirarles algo de confianza.
Como todos aquellos libros desparramados por las cuatro esquinas de este espacio que yo llamo “mi hogar” y todas las historias que encierran. Con algunos reí. Con otros lloré. Unos me tomaba mi tiempo para poder comprenderlos y sacar algunas enseñanzas de ellos. Otros me enganchaban desde el primer capítulo y no podía dejar de leer. Por esos libros que me leía en una noche y por esos otros con los que pasé meses interminables, días de tormenta y noches de agobiante calor. Porque sin ellos tampoco sería yo.
Como aquel poster de las guitarras y las cervezas, que me traen a la memoria aquel perfecto y cansado día en Granada con dos grandes amigos y  que me recuerdan que a mí, desde nunca me han hecho falta grandes cosas para ser feliz.  

Todos estos  objetos, a ojos de cualquiera serían basura, pero cuando yo entro en el espacio que encierran estas mis cuatro paredes y  los observo, uno a uno, recordando las mil y una historias que sin hablar me cuentan, pienso en qué sería ahora de mí sin ellos. 

Un libro de miles de hojas sin una sola letra. Millones de pensamientos, sentimientos y emociones que, al fin y al cabo se acabarían olvidando sin que ni yo ni tú pudiéramos remediarlo. Las historias están para contarlas, porque si no las cuentas solo tú las sabrás y cuando tú mueras morirán contigo. Porque al final el cuerpo se deteriora y sin duda sucumbirá. Antes o después…  pero todas esas batallas permanecerán si las sabemos contar de un modo adecuado.

Es cierto que la inspiración llega cuando menos lo esperas. Ese avión amarillo quedará como reliquia de esa tarde tan fantástica acompañada de Guli y JC. Como vestigio añadido a mi álbum de recuerdos sin fotografías y con ello anclado a mi memoria desde hoy hasta el día de mi expiración.