viernes, 20 de enero de 2017

PENSAMIENTOS SOBRE LA MUERTE. VOL. I

¿POR QUÉ DICE EPICURO QUE NO HAY QUE TEMER A LA MUERTE? ¿QUÉ ES LO QUE NOS PRODUCE DOLOR EN ESTE CONCEPTO?


Por mucho que el ser humano sepa sobre Matemáticas, Música, Historia, Medicina o cualquier materia aprehensible, muchas cuestiones como esta nos abordan al menos una vez en la vida a todos los seres humanos, cuestiones sobre nuestra existencia. 

¿Cómo se creó el mundo?,  ¿Por qué estamos aquí?, ¿Cuál es nuestra misión en la vida?, ¿Hay algo después de la muerte? Este tipo de enigmas perturban hasta al menos pensador y le hacen pararse a especular hasta desistir, pues es imposible hallar respuesta verdadera universal.

La muerte nos rodea y está presente en nuestras vidas cotidianamente. Lo está ahora y lo ha estado desde que el mundo es mundo o al menos desde que la humanidad fue consciente de su propia mortalidad.

Yo pregunto: ¿por qué nos da miedo nuestra propia muerte? ¿Porque no sabemos qué es lo que nos espera (si es que acaso nos espera algo)? ¿Tememos que  la vida no nos dé el tiempo suficiente para hacer todo lo que deseamos o para lograr la felicidad? ¿Nos asustamos al pensar qué será de nuestros seres queridos a nuestra muerte? Quizá. Todo puede ser. Existen  muchas respuestas, dependiendo de según a qué persona encuestes.

El concepto de nuestra propia muerte puede parecer algo egoísta ciertamente, pero yo lo veo de otra manera, pongo un ejemplo: una persona no tiene miedo a su propia muerte por lo que a ella misma le podría pasar. Si tuviera que temerla, lo haría por no saber qué pasaría con la gente con la que esa persona se relaciona. Con sus seres queridos. Sus allegados. Por lo que ellos pueden sentir en ese momento.

Todos sabemos que se con el paso del tiempo podemos aprender a vivir sin una persona cercana y a aceptar que se ha ido y que, tristemente, no va a volver y no hay reemplazo.  Pero, ¿cuánto tiempo puede llevar el volver a hacer vida normal?

Personalmente, lo que a mí me asusta de mi propia muerte es exactamente eso.   Con más razón pienso así pues a menudo se nos dice que no hemos de temer a la muerte, pues cuando nosotros estamos, ella no está, y cuando ella está nosotros ya no somos, así que ¿por qué preocuparse entonces?

Otras personas temen exactamente lo contrario, la muerte de las personas que quieren, y a veces no por esas personas, si no por lo que ellos sufrirían si ellas murieran. Ésa sí que es una concepción de la muerte de una manera más egoísta.  Nos preocupa el dolor que pueda causarnos sin ser nosotros mismos a los que se lleva como acompañantes.

En otro punto podemos pensar que tememos a la muerte por la incertidumbre que tenemos sobre este enunciado: ¿qué es la muerte y qué nos espera después de ella?

Esa, junto con muchas de las preguntas planteadas anteriormente sobre la existencia del hombre son la base de muchísimas de las religiones más importantes a lo largo de toda la historia.

Nuestro afán de conocimiento, nuestra curiosidad imparable. La necesidad de respuestas, aunque fueran inventadas. Solo algo con lo que poder contentarnos y no preocuparnos más por ese problema. Algo a lo que agarrarnos. Mitos, leyendas, escritos, cuentos, religiones, filosofías… han intentado siempre dar respuesta (aunque a veces demasiado fantástica) a este tipo de cuestiones sobre nuestra existencia.

Nos negamos en rotundo a aceptar que la muerte es el final de absolutamente todo. Que no hay nada después de la muerte. Que morimos. Nuestro cuerpo deja de realizar sus funciones vitales y nos entierran, nos lloran y nos descomponemos. Y se acabó. ¿Dónde va el alma, si es que tenemos? ¿Perdemos totalmente el contacto con nuestra gente?

En verdad a veces eludimos el tema porque nos resulta doloroso el hecho de que no hay absolutamente nada después de la muerte, o al menos que nosotros sepamos. De pronto un día el interruptor se apaga, apagando consigo una vida de (esperemos) muchos años.

Siempre que pensamos en la muerte e imaginamos a alguien a punto de morir tendemos a imaginarnos a algún ancianito adorable, o a alguna persona mayor pero, ¿y si la persona que nos abandona es un joven o incluso un niño? Aquí la respuesta suele estar siempre algo más clara: injusticia.

Por alguna razón lo primero suele resultarnos algo menos doloroso, porque quizá buscamos consuelo en que esa persona ya vivió mucho y tuvo muchas experiencias, tanto buenas como malas. Pero ¿y en ese niño que no ha hecho más que empezar a vivir? ¿Y esa familia cuyos pensamientos giran en torno a ese niño? 

A muchos padres he oído decir alguna vez que desearían que sus hijos los enterrasen, porque verdaderamente y con la mano en el corazón digo que tiene que ser horrible enterrar a tu propio hijo. Una persona que ha vivido relativamente poco, una persona que se supone que debe continuar la familia o el apellido. ¿Qué ocurre si el hijo único de una familia muere? Con él se pierde todo.
Por desgracia, el disertar sobre este tema tan universal e históricamente imperecedero como es la muerte normalmente plantea más preguntas que respuestas, así que ¿por qué no vivir la vida tal y como nos viene hasta nuestro último día sin pensar demasiado en  ese tema?

Las respuestas nos las da la vida cuando ella cree que estamos preparados  a veces sin haber siquiera formulado la pregunta.

A menudo pienso en esta cuestión y me sorprendo divagando sobre ella y muy a menudo acabo zanjando mi propia discusión mental con una simple frase que suele darme más consuelo que todas las conclusiones a las que puedo llegar más racionalmente.

Nuestra vida es efímera. Nuestra muerte es inminente. Todo pasa. Nada permanece. Cuando morimos solo se pierde una parte de nosotros, aquella que nos permite seguir formando recuerdos. Una vez que eso pasa siempre quedamos vivos en las memorias de quienes han compartido su vida o parte de ella con nosotros.

“Mientras haya alguien que sonría ante mi recuerdo, yo seguiré viva.”


Ana Romero
Historia del Pensamiento
13 de Enero de 2014




Después de haber encontrado esta gran parrafada de hace ya unos cuantos años en mis antiguas carpetas de las asignaturas de la carrera de Bellas Artes que he cursado en Granada, sentí la imperiosa necesidad de hacerle un lavado de cara a mi blog y de retomar la costumbre de poner palabras reales y tangibles a mis pensamientos.

No debéis juzgarme por lo que acabáis de leer, pues como dice arriba, eso lo escribí allá por el año 2014, exactamente nueve meses antes de que la vida me diera su más duro revés hasta el momento, que me cambiaría para siempre y me haría ver el mundo (y concretamente este tema de la muerte) desde una nueva perspectiva nunca antes experimentada por mí.

Es cierto que en este texto me he topado con una Ana mucho más alegre e inocente de lo que soy ahora, pero sí es verdad que muchas de las opiniones arriba expresadas las sigo compartiendo, y aunque con menos esperanza en la vida, sigo queriendo creerlas, pues en el fondo sigo siendo una niña pequeña que cierra los ojos y se tapa los oídos ante la oscuridad que se le viene encima sin saber qué hacer o cómo alumbrarse a sí misma.



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